En 1913, a las puertas de la Gran Guerra y antes de alcanzar la gloria con su célebre urinario de porcelana, el artista Marcel Duchamp creó una obra extraña a partir de objetos ya hechos y producidos en serie. En sus respectivos contextos de fabricación, cada componente tenía justificada su existencia, porque tenía una utilidad concreta. Es decir, resolvía un problema o satisfacía una necesidad. El insólito resultado, también.
Al artefacto en cuestión lo denominó «Rueda de bicicleta», pero es una denominación engañosa. En efecto, se había creado con la llanta fina y desnuda de una rueda de bicicleta, que estaba vinculada por el buje a una horquilla estándar. Pero esta, a su vez, había sido ensartada de forma irracional, en el asiento circular de un taburete. Con el tiempo, esta obra se consideró el primer «ready-made [ya-hecho]».
Esta forma de producción artística permitió crear obras nuevas mediante un proceso de elección, desplazamiento y declaración, es decir, eligiendo el objeto o los objetos existentes que se necesitaban para producirlas, desplazando su contexto con poca o ninguna transformación y declarando los nuevos objetos resultantes «obras de arte». Una estrategia creativa que nada tenía de inocente, porque impugnaba el sistema convencional de legitimación tanto del artista como de su obra.
En política, también se aplica este proceso: se eligen palabras, ideas o consignas que luego se sacan de sus contextos originales y se aplican —transformadas o no— en contextos distintos, para declarar nuevas realidades.
Lo vemos cuando se les conceden a las regiones símbolos y competencias propias de naciones que luego relegan los símbolos de la nación misma y la vacían de afecto y contenido para avanzar hacia el tercer paso, que es la declaración o el reconocimiento de la condición que se pretendía, pues sobre aquellos símbolos y competencias se habrían de proclamar la identidad y la soberanía. Pero la soberanía no llegará y la identidad está siendo sustituida ya por la fuerza implacable del número.
Porque lo vemos también cuando se elige una población de sustitución a la que se le cambia su contexto cultural, existencial y civilizatorio por otro —desplazando a la población que se pretende reemplazar— para, a continuación, declarar su rotunda españolidad, que es una españolidad nueva y devaluada que, humillada, banalizada y reducida a un simple acto administrativo, queda homologada a la anterior.
Y lo hemos visto estos días cuando Pedro Sánchez —y, con él, toda la izquierda que está hoy en el Gobierno— ha recuperado simultáneamente el «ready-made» del «no a la guerra» y un símbolo cargado de significado —la bandera nacional— como reacción prefabricada a la operación de Benjamin Netanyahu y Donald Trump contra el despreciable régimen de los ayatolás.
Esta consigna, que ya utilizó la izquierda de ariete contra el Gobierno de José María Aznar y aquella alianza suya con George W. Bush y Tony Blair a propósito de la guerra de Irak y el fantasma evanescente de las armas de destrucción masiva, es el paralelismo que a Sánchez le interesa establecer, para envolverse en unas banderas que nadie pueda rechazar.
Porque estas banderas lo ayudan a legitimar esa nefasta política exterior que recibe el aplauso de toda la escoria planetaria y, al mismo tiempo, le permite declarar la valentía de quien tuvo que salir huyendo de Paiporta y distraer a los españoles de la ciénaga de corrupción que lo rodea y de la gestión catastrófica que ya solo acumula traiciones, detenidos, ruina y muerte.
El Gobierno se ha enredado en sus propias contradicciones, que surgen de la dificultad de conciliar los compromisos y las obligaciones para con un aliado que es parte activa en una guerra, cuando, en realidad, tiene otras preferencias y el aplauso de la contraparte. Pero hay cuestiones de fondo que favorecen esta ignominia. Occidente interiorizó hace mucho tiempo la idea relativista de que no existen el Bien y el Mal en términos absolutos.
Las élites —no solo políticas— han hecho todo lo posible para que perdiéramos toda capacidad de distinguir entre ambos conceptos en los asuntos que manejan. Pero, incluso aceptando la inmensa gama de matices que aterrizan esas abstracciones en nuestra realidad concreta, algunos seguíamos distinguiendo lo bueno de lo malo. Así que, intentaron ganar algo de tiempo y convencernos de que era posible apaciguar el Mal, contenerlo y reconducirlo mediante sanciones. Craso error.
No se puede razonar con el Mal como no se puede esperar que tenga un comportamiento razonable un régimen que masacra a su propio pueblo y financia el terrorismo activo de Hezbolá y Hamás, además del latente que tenemos en Europa, y cuya obsesión primera es hacerse con un arsenal nuclear operativo para destruir a Israel y a los judíos, bajo la cobertura del efecto disuasorio que le proporcionaría un arsenal de esa naturaleza; incluso uno modesto como el de Corea del Norte, que ha visto legitimada con esta guerra su propia carrera armamentística.
Los líderes de Occidente están infectados por el relativismo y encadenados por sus propios miedos y servidumbres —como Keir Starmer—, por los intereses más o menos confesables que puedan representar —como Emmanuel Macron— y por la inmensa corrupción que les rodea —como Pedro Sánchez en España o Ursula von der Leyen en la Unión Europea—.
Pero nuestra civilización, que es mucho más grande y muy anterior a sus empequeñecidos líderes, no puede ignorar por más tiempo que no queda ya mucho margen de reacción, como no queda un solo mecanismo, institución o marco legal nacional o internacional que no esté siendo utilizado para destruirnos de forma coordinada, desde fuera y desde dentro.