El reloj apenas había superado las tres de la madrugada cuando el silencio de Linares comenzó a resquebrajarse. Mientras la ciudad permanecía sumida en el sueño y las calles conservaban todavía el frescor de la noche, las luces de dos autobuses iluminaban discretamente el punto de encuentro de decenas de vecinos dispuestos a emprender un viaje especial.
Uno de los vehículos había sido organizado por la parroquia de San Agustín; el otro, por la Cofradía de la Vera Cruz. A esas horas en las que reina la tranquilidad, jóvenes, familias y personas mayores comenzaron a ocupar sus asientos con una mezcla de cansancio y entusiasmo. Les aguardaban varios cientos de kilómetros de carretera y una cita que, para muchos de ellos, difícilmente volverá a repetirse: participar en la multitudinaria misa presidida por el papa León XIV en la Plaza de Cibeles de Madrid.
La fe fue el principal motivo del viaje, pero no el único. También hubo espacio para la convivencia, para los reencuentros y para esa sensación compartida de estar formando parte de un acontecimiento destinado a ocupar un lugar destacado en la memoria colectiva de quienes lo vivieron.
Con las primeras luces del día, la expedición linarense llegó a una capital transformada por la presencia de miles de peregrinos y visitantes procedentes de distintos puntos de España. Las inmediaciones del Paseo del Prado y de la Cibeles se habían convertido en un mosaico de colores, acentos y emociones.


En medio de la multitud, Linares se hizo visible
Los viajeros desplegaron con orgullo la bandera de Andalucía y la enseña de su ciudad, cuyas franjas amarilla, verde, blanca, roja y azul destacaban entre el gentío. No tardaron en convertirse en punto de referencia para otros paisanos desplazados desde diferentes lugares del país y para numerosos linarenses que hoy residen en Madrid, pero que mantienen intacto el vínculo con su tierra natal.
El ambiente era festivo y vibrante. Miles de teléfonos móviles apuntaban hacia las calles por las que avanzaba lentamente el papamóvil. El vehículo del sumo pontífice recorría la zona entre aplausos, saludos y vítores mientras atravesaba algunos de los espacios más emblemáticos de la capital. Cada aparición de León XIV provocaba una oleada de emoción que recorría la multitud como una corriente eléctrica.
Sin embargo, para muchos de los linarenses desplazados a Madrid, el instante más significativo de la jornada no llegó durante la ceremonia oficial. Se produjo en un encuentro mucho más íntimo y profundamente ligado a la historia reciente de la ciudad.


Lolo y Fanny Rubio
La protagonista fue Fanny Rubio, catedrática, investigadora y escritora, una de las voces intelectuales más destacadas nacidas en Linares. Aprovechando la coincidencia de la celebración en Madrid, Rubio quiso acercarse hasta el grupo de sus paisanos para compartir unos momentos de conversación, afecto y un helado.
Los abrazos y las fotografías dieron paso a recuerdos que parecían suspendidos en el tiempo. Su presencia evocó inevitablemente la figura del beato Manuel Lozano Garrido, «Lolo», cuya huella continúa muy presente entre quienes forman parte de la Asociación Amigos de Lolo.
El vínculo entre ambos forma parte de la memoria sentimental de Linares. El periodista y escritor linarense sentía un profundo cariño por Fanny Rubio desde que era una joven estudiante. En numerosas ocasiones llegó a referirse a ella como la hija que nunca pudo tener, una expresión cargada de afecto que resumía una relación construida entre conversaciones, lecturas compartidas y enseñanzas recibidas en aquel piso de la calle Cristóbal de Olid donde tantas personas encontraron orientación intelectual y humana.
La figura de Lolo pareció acompañar discretamente la jornada, uniendo pasado y presente a través de quienes mantienen vivo su legado. Fue el presidente de la asociación, Carlos Chamorro, el que provocó el encuentro con Fanny Rubio que no tardó ni un instante en responder a su llamada.
Presencia linarense
La presencia linarense en la capital fue mucho más amplia que la de los dos autobuses que partieron de madrugada. A medida que avanzaba el día fueron sumándose vecinos residentes en Madrid y otros llegados desde distintos puntos de la geografía española. Lo que comenzó como una peregrinación terminó convirtiéndose también en un gran reencuentro de paisanos.
Bajo el intenso sol madrileño, compartieron conversaciones, recuerdos, sombreros improvisados para protegerse del calor y fotografías destinadas a ocupar un lugar especial en álbumes familiares y perfiles de redes sociales. Las imágenes captadas durante la jornada muestran precisamente eso: abrazos sinceros, sonrisas de satisfacción y banderas elevadas hacia el cielo de Madrid.
Experiencia maravillosa
Cuando los autobuses emprendieron el regreso a Linares, ya entrada la tarde, el cansancio acumulado era evidente. Pero también lo era la satisfacción.
Quedaban atrás muchas horas de viaje, una celebración histórica y varios momentos cargados de simbolismo. Los viajeros regresaban con la sensación de haber participado en algo más grande que ellos mismos y con la certeza de que, una vez más, Linares había sabido proyectar lejos de sus fronteras esa capacidad tan suya para convertir la fe, la amistad y el sentimiento de pertenencia en una auténtica comunidad.
Porque, más allá de la relevancia del acontecimiento religioso, la jornada dejó una imagen difícil de olvidar: la de una ciudad que, incluso a cientos de kilómetros de distancia, continúa encontrando motivos para reunirse, reconocerse y celebrar lo que la une.
Fotos y vídeo: Cedidos
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