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Emilio Prieto

Lorenzo y Catalina

Hace casi un mes, falleció mi abuelo. Se llamaba Juan Prieto, era cordobés y se fue con 97 años. De él aprendí mucho, entre otras cosas, a observar el cielo nocturno. Me hablaba de las estrellas y me dibujaba con el dedo cómo se unían para formar constelaciones. Me enseñó a interpretar las cabañuelas, de las cuales escribiré un artículo cuando se acerque el mes de agosto.

Sin embargo, hay algo que me contó y que jamás olvidaré, algo que hoy me apetece mucho compartir con vosotros: me dijo que el sol se llamaba Lorenzo, y la luna, Catalina. Con el tiempo averigüé que ambos nombres procedían de sus homónimos mártires.

Él, por sus famosas lágrimas que apelan a una de las lluvias de estrellas más famosas del verano. Ella, por una historia algo más truculenta cuya representación icónica fue, posteriormente, una media luna. Posiblemente, la tradición oral y la cultura popular hicieron mella en mi abuelo para tener estos conocimientos; no obstante, esta reflexión no versa ni sobre un homenaje hacia él a modo de obituario ni sobre un estudio astronómico. Mi intención es dar un paso más allá.

Estudié que el sol es la representación del renacimiento, pues se esconde al anochecer y resurge al amanecer. A lo largo de la Historia fue visto como una divinidad creadora y destructora, representada siempre por el fuego. La luna, por su parte, se vestía de plata, cambiaba su forma y escondía su cara. Es también la reina de las mareas y testigo de los aullidos de los lobos y otras bestias feroces, reales o fantasiosas.

Una vez oí que la luna estaba llena de miradas con preguntas sin respuestas. Igualmente, se decía que en ella vivía en un hombre aunque, en países como Japón, se citaba a una mujer a la que aún se venera en festivales otoñales con dulces típicos. Incluso ambos dan nombre a los días de la semana: lunes, en honor a ella, pues en inglés Monday viene de Moon (luna) y Day (Día); es decir: el «Día de la Luna». Por su parte, Sunday (domingo), rinde su homenaje etimológico al unir Sun (sol) con Day (día); es decir: el «Día del Sol».

Ni la luna ni el sol pueden “verse las caras” salvo en instantes muy puntuales, como los eclipses. En algunas culturas y momentos históricos, estos fenómenos fueron vistos como mágicos o divinos. Esto me hace preguntarme: ¿estaban Lorenzo y Catalina peleados? ¿Estaría molesto él porque ella le robaba su luminiscencia para iluminar las noches más oscuras?

A nivel terrenal, podemos trasladar esta situación a las relaciones humanas que, cuanto menos, son complejas. Si hablo de familia, nos encontramos miles de ejemplos de miembros que no pueden ni mirarse. Si entro en el terreno de la amistad, me topo con el dicho de «echar la cruz» como forma de indicar que no se quiere saber nada más de alguien.

Incluso hay casos (que todos hemos vivido, seguro) en los que pillamos cierta manía y desdén a una persona a la que no nos hemos tomado la molestia de conocer; directamente nos ha caído mal. Y lo más sorprendente es que, además, ¡suele ser recíproco! Si ahondamos en sentimientos más románticos, dicen que la línea entre el amor y el odio es muy fina: el tiempo desgasta una relación, la convivencia la erosiona y la rutina incita a la búsqueda de algo nuevo y/o mejor. Pero, ¿y si tanteamos la parte laboral?

¡Ay, señor! Con la iglesia hemos chocado. Determinados puestos de trabajo suben el ego de quienes los ocupan. Si podemos pisotear al compañero, ahí que vamos; si tenemos oportunidad de aprovecharnos de un logro, ahí que estamos. Y ni que decir de las condiciones precarias, los índices de desempleo, el «sectarismo» de algunas profesiones, el «enchufismo» o, sin ir más lejos, que somos el país en el que un autónomo más debe pagar por el mero hecho de emprender.

Todo esto me hace preguntarme algo más: ¿Es la raza humana tan sumamente estúpida como para no poder ejercer un poquito de más humildad y hacer las cosas más fáciles para todos? Señores, ¡qué estamos de paso! Aquí nadie se llevará nada al otro lado, y lo máximo que dejaremos en este mundo es un recuerdo que será olvidado o, como mucho, estudiado en un libro de texto. Parece que el curso de la vida es nacer siendo inocente, crecer siendo ingenuo, madurar siendo pícaro y envejecer siendo un granuja. ¡Ay! Qué innecesario es vivir así…

Estamos bajo un momento vital en el que prima lo rápido, lo viral, lo superficial y lo material y, por supuesto, el hacer alarde de ello, le pese a quien le pese. Y si para conseguir todo esto tenemos que jorobar (por no decir otra palabra) al prójimo… ¡amigo! Es que como dice mi yaya: «Primero, los dientes; después, los parientes».

A estas alturas, y muy razonablemente, seguro que os preguntaréis: ¿y qué narices tiene que ver esto con lo de la luna y el sol? Muy sencillo. Lorenzo y Catalina están condenados a pasar la mayor parte del tiempo “peleados” o, dicho de otra manera: huyendo, apareciendo tan solo cuando el otro se marcha. ¿Y si esa es su forma de “colaborar” para que el orden de la vida siga su curso? ¿Y si ese es el “sacrificio” que tienen que hacer para que la humanidad tenga la oportunidad de ser mejor? Y nosotros, bajo el manto del día y de la noche, no dejamos de pensar en nuestros problemas porque, claro, nos creemos el centro del puñetero universo. ¡Y no podemos estar más equivocados!

Quien bien da, bien recibe. Pero ya no solo porque el karma decida saldar cuentas, sino porque las buenas personas se encuentran, se unen y nunca se separan, pase el tiempo que pase o estén lo lejos que estén. El problema llega cuando esas personas se topan con individuos que solo buscan aprovecharse de ellas o, sin más, absolver su energía hasta hundirlas como los sociópatas que son. Y aquí entra, perfectamente, la figura de un familiar, un amigo, una pareja o un jefe o compañero de trabajo.

No os voy a engañar. El motivo por el que escribo estas líneas es porque anoche hubo una Superluna, un fenómeno que indica que estamos tan cerca de ella que parece gigante y más brillante. Ahora mismo son, exactamente, las 3:41 de la mañana, y no dejaba de pensar (casi sin querer) en qué quería compartir con vosotros. De repente, recordé a mi abuelo Juan, y sus historias sobre Lorenzo y Catalina, y me di cuenta de la putrefacta humanidad que hemos creado permitiendo que la toxicidad (ambiental y emocional) escalase por encima de nosotros mismos y nuestros valores.

Puede que el apabullante calor de este sol veraniego no me haya dejado dormir y que esta luna llena sea tan luminosa que me haya alumbrado el camino hacia la inspiración. ¡Caramba! ¡Han vuelto a colaborar! Puede que este periodista que os escribe estas líneas planteara, al inicio de este artículo, una pregunta que acaba de responderse por sí sola: Lorenzo y Catalina no están peleados, simplemente conviven juntos. Estaría bien aprender algo de ellos.

Gracias por darme esa gran lección antes de marcharte, abuelo.

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