Luisa Bujaldón Linares presume de llevar a gala el apellido de su ciudad. Tiene 78 años y desde hace más de una década es la maestra del taller de ganchillo del Centro de Participación Activa de la calle Viriato. Sabe bien lo que es sentarse con una aguja a sacar adelante una prenda. Y sabe, sobre todo, lo que cuesta.
Este viernes, 23 de octubre, ese trabajo de meses se ha mostrado en El Pósito, con la clausura y exposición de trabajos del proyecto de voluntariado ‘Cosiendo, Tejiendo y Compartiendo 2026’. La actividad se enmarca en la sexta edición de ‘Creando Vínculos’, iniciativa del Área de Bienestar Social del Ayuntamiento.
En total han participado medio centenar de personas usuarias del Centro Residencial de Linares, del Centro de Participación Activa, de la Vocalía del Mayor de la Asociación de Vecinos La Esperanza y de los centros sociales Arrayanes y San José ‘Paqui Rojas’.
Con sus manos han salido ropa de cuna, muñecos y prendas para bebés. Hay ganchillo y punto, pero también costura. Chaquetitas, jerséis con grecas, patucos y mantas de cuna. Vestiditos de verano, baberos, capas de baño y sábanas con encaje. Y muñecos de ganchillo, como ositos, pulpos o jirafas.

El proyecto busca visibilizar la aportación social de las personas mayores y tiene una doble vertiente. Por un lado, que empleen su tiempo libre de forma creativa. Por otro, que se impliquen con la comunidad y generen vínculos entre mayores y entidades sociales y educativas.
Luisa tiene más de ochenta alumnas, con edades que van de los cincuenta a los noventa años, y acude al centro dos días a la semana. Trabajan el ganchillo y también el punto con dos agujas. En el centro hay más talleres, de costura, de pintura y de otras cosas, pero este tiene sus fieles.
«Hay que hacerlo bien hecho, y a algunas mujeres les cuesta», explica la maestra. Además está la vista, que se fuerza. Pero nadie se rinde fácilmente, y menos cuando ve cómo va tomando forma lo que lleva entre las manos.
Grego Martínez Sánchez es una de ellas. Lleva entre cinco y seis años y no se pierde una sesión. Le gusta ver la labor terminada, pero también el camino: «Haciéndolo, y viendo cómo te va quedando». Y está lo de ayudarse. Entre ellas se echan una mano con el patrón, con el punto que se ha torcido, con lo que sea.

Para Luisa, el taller sirve para muchas cosas a la vez. «Para entretener a las mujeres», resume. Para que ejerciten las manos y la cabeza, trabajen la memoria, tengan un sitio al que ir y una conversación esperando. Cada año entran caras nuevas, algunas recién jubiladas, y cada año hay también bajas. Unas porque se aburren o prefieren otro taller. Otras, porque la edad no perdona.
Lo que más le preocupa a la maestra es quién tomará el relevo. Es un oficio que pasaba de bisabuelas a abuelas, de madres a hijas, y que ahora se rompe. «La juventud no tiene paciencia», lamenta. Cree que a muchos jóvenes no les gusta y que, total, una prenda se compra más barata en cualquier tienda. Hay excepciones, eso sí. Una niña de diez años empezó el año pasado y ya ha hecho un chaleco. Luisa lo cuenta con una sonrisa.
Lo expuesto no se quedará en la sala. Los trabajos se entregarán después a la congregación de las Hermanas de la Consolación, a la guardería Sagrado Corazón y a Cáritas. Los bebés que los vistan no sabrán quién los hizo. Quizá no haga falta, pero han salido de las manos de mujeres y hombres, y de una generación entera que va desde la abuela a la nieta. Un mérito para prendas artesanales hechas con el alma.