Galería | De cómo un andén se transforma en espacio expansivo de la música

Sara Dowling e Ignasi Terraza Trio, Banda Magda y Potato Head Jazz Band combinan estilos distintos para cerrar un inolvidable Santana Festival Linares

Por:Javier Esturillo
Actuación de Sara Dowling e Ignasi Terraza Trio. Foto: Cristóbal Rus

La Estación de Madrid lleva años sin ver entrar un convoy. Aun así, este sábado volvió a comportarse como una estación: gente entrando, gente esperando, conversaciones que se apagan cuando las luces del escenario toman el control del andén.

El Santana Festival Jazz & Blues Linares convirtió de nuevo ese espacio en un punto de encuentro. No hacía falta imaginar viajes: bastaba con observar cómo el público ocupaba las sillas, cómo se ordenaban los cuerpos frente al escenario y cómo el ruido cotidiano se iba retirando, poco a poco, hasta dejar sitio a la música.

Un encaje que emociona

La segunda noche de la cita linarense arrancó con Sara Dowling e Ignasi Terraza Trio, un cuarteto que entendió desde el primer tema que el lugar pedía contención, escucha y precisión. La cantante británica, de raíces palestinas e irlandesas, evitó cualquier gesto innecesario. Su voz apareció sin estridencias, con una naturalidad que obligaba a bajar el volumen del entorno.

Dowling no fuerza el relato: lo sugiere. Frasea con un sentido del tiempo muy trabajado, dejando que cada nota encuentre su sitio antes de la siguiente. A su lado, Ignasi Terraza sostiene el conjunto con un piano que no busca protagonismo, sino conversación. El contrabajo de Dario Di Lecce y la batería de Esteve Pi completan un engranaje que funciona sin sobresaltos, con un swing que no necesita exhibición.

El público respondió como suelen hacerlo los públicos que escuchan de verdad: sin interferir. Hubo atención, silencio sostenido y esa forma de respeto que no se anuncia.

Magia transnacional

El cambio llegó con Banda Magda y un desplazamiento inmediato del mapa sonoro. El proyecto liderado por la griega Magda Giannikou llevó el concierto hacia otra geografía. El jazz se mezcló con ritmos mediterráneos, referencias balcánicas y ecos latinoamericanos sin que la transición pareciera forzada. Todo encajó con naturalidad, como si esas músicas hubieran compartido siempre el mismo suelo.

La luna apareció sobre la estación sin protagonismo, pero encajó con la escena. El andén, abierto al cielo, amplificaba esa sensación de concierto sin fronteras claras entre dentro y fuera.

Giannikou, que, además de cantar, toca el piano, la guitarra y el acordeón, sostuvo el escenario con una energía constante, apoyada en un ensamble transnacional que convierte la mezcla en lenguaje propio. El público siguió el recorrido sin perder el hilo, atento a cada giro, a cada cambio de ritmo, a cada inesperado desplazamiento de un continente a otro.

Diversión de la mano de Potato Head Jazz Band

El cierre lo firmó Potato Head Jazz Band, que devolvió la noche a un terreno más reconocible y festivo. El sexteto granadino apostó por el hot jazz, el swing y el dixieland con una lectura que no se limita a la reconstrucción del pasado. Hay respeto por la tradición de Nueva Orleans, pero también una voluntad clara de actualizarla desde la escena actual. Louis Armstrong y King Oliver aparecen como referencias, no como recreación literal.

El resultado fue una última parte de la noche más abierta, más directa, con el público entrando en el juego desde el primer minuto. El andén dejó de ser un espacio de escucha para convertirse en un lugar compartido.

Cuando terminó la música de Sr. Lobezno, la salida fue lenta, casi ordenada por inercia. No había prisa. Solo esa sensación habitual en los festivales que funcionan: la de haber estado exactamente donde había que estar en ese momento.

Fotos: Cristóbal Rus
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