La eliminación de la conocida rotonda de la Inmaculada transformó hace menos de un año el corazón de la Plaza de San Francisco. El Ayuntamiento apostó por ganar espacio para los peatones, reorganizar la circulación en el centro urbano y facilitar el acceso de los vehículos fúnebres durante los entierros.
La intervención modificó además algunos de los movimientos de tráfico más habituales, como el giro hacia Isaac Peral, generando un nuevo escenario para residentes, comerciantes y conductores. Sin embargo, el aspecto que hoy presenta este emblemático entorno dista mucho de la imagen que se pretendía proyectar tras la remodelación.
Manchas que oscurecen la belleza de la plaza
Basta con cruzar la plaza para advertirlo. El pavimento aparece salpicado por centenares de manchas oscuras que afean la superficie de granito. Son restos de cera derramada por los cirios de los nazarenos y los hachones que acompañan a los pasos procesionales durante la Semana Santa.
El lento discurrir de las cofradías por este eje central del casco urbano dejó un rastro que, meses después, continúa perfectamente visible. Las huellas se extienden de forma irregular por gran parte de la explanada, hasta el punto de que algunos vecinos consideran que la plaza ofrece una imagen de dejadez impropia de uno de los espacios más representativos de la ciudad.


Quienes frecuentan la zona aseguran que, una vez finalizadas las celebraciones de la Pasión, no se llevó a cabo una limpieza en profundidad que permitiera eliminar estos residuos antes de que quedaran adheridos al suelo de piedra.
Pero la cera no es el único problema que señalan los residentes. A diario es posible observar la entrada de vehículos destinados a labores de carga y descarga, mientras que el constante tránsito vinculado a celebraciones religiosas también deja su impronta.
Bodas, bautizos y comuniones convierten la plaza en un lugar de encuentro festivo donde, junto al tradicional lanzamiento de arroz, aparecen otros elementos como confeti y diversos materiales decorativos que terminan dispersos por el entorno.
Exigen una solución
La acumulación de residuos ha llegado a tal extremo que la propia comunidad parroquial la que en numerosas ocasiones ha tenido que asumir tareas de limpieza en los accesos al templo.
El párroco de San Francisco, Manuel Alonso Pérez, lleva tiempo apelando a la responsabilidad de las familias y de los invitados que participan en estas celebraciones. Sus llamamientos para moderar el uso de arroz y otros elementos festivos, tanto dentro como fuera de la iglesia, apenas han surtido efecto.
Más allá del deterioro visual, advierte del riesgo de caídas que estos restos pueden suponer para las personas mayores, especialmente en una zona muy transitada. Entre los bancos del templo, asegura el sacerdote, tampoco es extraño encontrar botellas de agua abandonadas o pañuelos de papel usados tras los actos religiosos.
Mientras tanto, las manchas continúan ocupando buena parte de la plaza y se han convertido en motivo de conversación habitual entre quienes viven en los alrededores. Los residentes lamentan que una actuación urbanística concebida para dignificar y peatonalizar este espacio haya terminado derivando en una estampa marcada por la suciedad y la falta de mantenimiento.
Por ello, reclaman al Ayuntamiento una intervención específica que permita recuperar el aspecto original del pavimento y devolver a la Plaza de San Francisco la imagen que corresponde a uno de los lugares más señeros y transitados de Linares. Porque, sostienen, la transformación urbana no concluye cuando se retiran las vallas de las obras: también exige conservar en condiciones aquello que se ha renovado.
Fotos: Javier Esturillo