Es imposible charlar con Yolanda de la Fuente Robles sin que acuda a la memoria aquel verso de Robe Iniesta que resonaba con fuerza sobre la búsqueda constante del siguiente escalón.
Nacida en Linares en 1970, De la Fuente representa a toda una generación de mujeres, o quizás habría que decir ‘supermujeres’, que se han mostrado capaces de alcanzar cualquier meta. Su trayectoria describe el triunfo en una carrera profesional tan brillante como la de cualquiera de sus colegas varones, asumiendo puestos académicos de la máxima responsabilidad.
A lo largo de los años ha compaginado su labor como profesora e investigadora con un activismo social profundo, demostrando un compromiso ineludible con su oficio y su tiempo. Todo ello lo ha logrado sin descuidar sus facetas como esposa, madre, amiga y compañera.
En su figura se entrelazan con naturalidad las patrias chicas, desde el arraigo a su barrio de Santa Ana y su Linares natal, con una vocación universal que la ha llevado a recorrer Europa y, en especial, América Latina en un periplo vital y profesional incansable.
No es solo una figura de referencia en el ámbito universitario por su condición de catedrática de Trabajo Social y Servicios Sociales en la Universidad de Jaén, sino que representa la evolución misma de una disciplina que ha pasado de la asistencia a la vanguardia investigadora.
Su trayectoria se define por una curiosidad intelectual inagotable, liderando el Grupo de Investigación Género, Dependencia y Exclusión Social, hasta convertirse en una de las voces más autorizadas de nuestro país en materia de dependencia y accesibilidad universal. Esta visión transversal ha sido determinante a la hora de confeccionar eI primer Plan Local Linares Ciudad Amigable con las Personas Mayores para mejorar la calidad de vida de este colectivo.
En Yolanda de la Fuente se personifica esa síntesis necesaria entre el rigor científico del dato y la sensibilidad humana del trabajo a pie de calle, manteniendo siempre su mirada en su ciudad mientras su pensamiento proyecta soluciones globales para los retos demográficos y sociales del siglo veintiuno.

—Usted se define como una hija del barrio de Santana. ¿Qué recuerdos guarda de aquella etapa y cómo influyó en su identidad?
—Nací en la Plaza Julián Jiménez, justo en el bloque al lado del Economato. Siempre digo que crecí cerca de la felicidad. Mi padre trabajaba en las oficinas de la fábrica de Santana y me crié en un ambiente totalmente industrial. Viví en el barrio prácticamente hasta que me casé a los 29 años. Soy de una generación que tuvo un techo, no de cristal, sino de metacrilato. Vengo de un barrio obrero y estudié Derecho en la Universidad de Jaén gracias a las becas y al apoyo de personas anónimas. El espíritu de lucha no se abandona; ser de Linares y tener esos principios me ha ayudado a proyectar lo aprendido en todas las facetas de mi vida.
—Santa Ana ha sido desde siempre un hervidero de talento profesional en diversas disciplinas. ¿Cuál cree que fue el factor determinante para que tantos hijos de la clase obrera destacaran tanto?
—Es una pregunta preciosa. El barrio era una mezcla de gente que llegó buscando crecer, muchos procedentes del campo o de la costa. Fue la palanca para cambiar sus vidas gracias a la fábrica, y la mayoría apostó por la educación de sus hijos. Yo estudié en Las Esclavas, iba al conservatorio —tengo la carrera de piano— y a clases de inglés. En mi casa no había lujos ni vacaciones, porque el verdadero lujo era la educación. Cuando ves el sacrificio de tu familia, entiendes la oportunidad que te están dando. Fue un caldo de cultivo que nos hizo diferentes.
—En ese desarrollo del barrio, usted otorga un papel protagonista a la mujer. ¿Fue una red invisible la que sostuvo el crecimiento de la zona?
—Fundamental. Las mujeres hicieron ciudad. Aunque fueran amas de casa, sostenían la economía familiar y crearon una red de apoyo: compartían comida, ayudaban con los deberes a los hijos de vecinas que no sabían leer o luchaban por un colegio.
El primer emprendimiento del barrio fue femenino, con pequeñas economías domésticas que generaron un cambio social real. Esas mujeres hoy son octogenarias y les debemos todo, pero no se lo hemos devuelto. La Administración las infantiliza con un paternalismo que las invita a churros y bolillos, cuando lo que necesitan es que se revise su situación en la Ley de Dependencia o que tengan ayuda a domicilio.

—Ha liderado el Plan Ciudad Amigable con las Personas Mayores. ¿Qué demanda realmente este colectivo en Linares?
—Ha sido un orgullo y un compromiso personal, porque el envejecimiento comienza entre los 55 y los 65 años, así que este plan también es para mí. No es un plan político, es ciudadano. Los mayores no piden locuras: quieren un lugar en el barrio donde sentarse, calles seguras para ir con el andador sin tropezar o un sitio donde resguardarse mientras esperan el autobús.
La gente sabe perfectamente lo que necesita. La movilidad es libertad; si no hay transporte accesible, dejas de ser autónomo y eso merma drásticamente la calidad de vida. El plan busca que sean libres, con autonomía y dignidad. Debemos combatir el edadismo; los mayores no son una carga económica, al contrario, muchos sostienen a sus familias y generan empleo a través de la ayuda a domicilio.
—¿Es el edadismo el gran mal invisible de nuestro tiempo?
—Muchísimo. A los jóvenes se les cuestiona por inexpertos y a los mayores por viejos. Es profundamente injusto. Muchas personas mayores sostienen económicamente a sus familias, cuidan nietos y organizan su vida en función de otros sin que se les reconozca. Además, generan un enorme retorno social y empleo. Pensemos en la ayuda a domicilio: en Andalucía hablamos de decenas de miles de trabajadoras. Cada persona mayor dependiente sostiene indirectamente a varias familias.

—¿Qué es lo que más le preocupa del proceso de envejecimiento actual?
—La salud social. Puedes tener una analítica perfecta y sentirte profundamente solo. La soledad elegida es maravillosa, pero el aislamiento no deseado es un problema estructural. El estudio de Harvard iniciado en 1938 demuestra que la felicidad en la vejez depende de las conexiones estrechas. No es solo la familia; son las relaciones cotidianas con el panadero, la farmacéutica o el vecino. Sentirte parte de algo es vital. En Reino Unido o Japón ya existen ministerios de la Soledad. No es un asunto cursi; es un desafío de Estado.
—A menudo se abusa de términos como ‘nuestros abuelitos‘. ¿Le molesta ese lenguaje?
—No me gusta el paternalismo de «abuelito» o «abuelita». Son personas mayores. Punto. El envejecimiento activo no es solo hacer gimnasia; es autonomía, capacidad de decisión y participación ciudadana. Yo, dentro de veinte años, me veo haciendo lo que me dé la gana, intentando ser feliz y útil. Estamos infantilizando a una generación que sostuvo familias enteras.
—Usted colabora con instituciones pero ha rechazado entrar en la política activa de partidos. ¿Por qué?
—He recibido ofertas de distintos niveles, pero no quiero vivir de la política. Mi compromiso es con la ciudadanía. Me preocupa de la política actual quienes no conocen la realidad fuera de ella. El que puede volver a su trabajo tiene más libertad; el problema surge cuando la silla es lo único que se tiene. Lo público es esencial porque cambia destinos —a mí me lo cambió—, pero hay que garantizar que llegue a quien lo necesita de verdad.

—¿Cómo sobrevive una visión humanista en un tiempo marcado por la inmediatez y el ruido digital?
—Vivimos un tiempo mediocre, sobreinformados pero mal informados. Las redes crean una superficialidad peligrosa. La revolución ahora es la de las ideas y los valores. Yo sigo siendo revolucionaria porque vengo de un barrio donde vi cómo la dignidad colectiva transformaba espacios.
Como bien dice Jorge Drexler: «Nada se pierde, todo se transforma». Hay que sembrar sin pensar en la recompensa inmediata. La generosidad es la clave; el que vive con el freno de mano echado nunca arranca. Cuando una niña de Santana puede ayudar a que una ciudad como Cádiz apueste por ser más amable con sus mayores, sabes que se puede cambiar el mundo.
—Viaja constantemente y trabaja fuera, pero mantiene su residencia aquí. ¿Cómo ve el futuro de la ciudad desde esa perspectiva externa?
—Siento que Linares está en un punto de inflexión. Es necesario encontrar un espacio para recuperar a la gente joven, atraer talento y cuidar a los emprendedores. Los de Linares jamás abandonamos nuestra tierra; yo hago más de 100 kilómetros diarios, igual que mi marido, porque hay algo que nos une a este lugar. Me duele cualquier desperfecto en una calle. Me gustaría que se generaran estrategias reales de asentamiento de población, más allá de lo político, para que nuestra gente tenga oportunidades y quien venga de fuera sea bienvenido sin perder nuestra esencia.
Fotos y vídeo: Fontaine Finesse