Análisis | Saber irse también es una forma de gobernar

La decisión del alcalde de la Estación Linares-Baeza de no buscar la reelección reivindica una manera de entender la política en la que el servicio público está por encima de la permanencia en el poder

Por:Javier Esturillo
Melchor Villalba, en el centro, dialoga con Ana Pilar Fábrega y Verónica Rodríguez Navarrete. Foto: Javier Esturillo

Hay decisiones que, por inesperadas, obligan a mirar más allá del titular. La renuncia de Melchor Villalba a optar a la reelección como alcalde de la Estación Linares-Baeza pertenece a esa categoría. No porque sea frecuente que un político abandone el cargo —la historia reciente demuestra que muchos intentan prolongar su estancia en las instituciones tanto como les permiten las urnas—, sino porque la explicación que ha ofrecido rompe con uno de los grandes silencios de la política: el desgaste emocional que supone gobernar.

No ha hablado de cálculos electorales ni de estrategias de partido. Tampoco de discrepancias internas o de proyectos agotados. Ha hablado de salud mental. De cansancio. De la necesidad de recuperar una vida que, durante más de tres años, ha girado casi exclusivamente alrededor de su pueblo.

La política municipal tiene poco que ver con la imagen que muchas veces proyectan los grandes focos nacionales. En un pueblo no existen los despachos donde uno puede esconderse ni los asesores que filtran cada conversación. El alcalde es, al mismo tiempo, gestor, mediador, portavoz, psicólogo improvisado y primer receptor de todas las alegrías y frustraciones de sus vecinos. Atiende una avería de madrugada, escucha un problema familiar en plena calle, responde a una llamada durante un domingo o intenta encontrar financiación para proyectos que casi siempre dependen de administraciones superiores.

Quien acepta esa responsabilidad sabe cuándo empieza la jornada, pero rara vez cuándo termina. Más aún cuando esa responsabilidad recae sobre alguien que apenas había cumplido los 24 años cuando los vecinos depositaron en él su confianza. La juventud fue, probablemente, el primer examen que tuvo que superar Melchor Villalba. Antes incluso de gestionar un presupuesto o dirigir una administración, tuvo que demostrar que la edad no determina la capacidad para asumir responsabilidades públicas.

El tiempo ha terminado dando una respuesta que va mucho más allá de cualquier discurso. Durante estos años ha gobernado con una forma de entender la administración local basada en la cercanía, la austeridad y la transparencia, conceptos demasiado utilizados en campaña y demasiado olvidados una vez se ocupa el despacho. En su caso no fueron un lema. Fueron una manera de ejercer el cargo.

Eso no significa que todo haya sido un éxito. Ningún mandato lo es. Gobernar también consiste en equivocarse, rectificar y asumir decisiones impopulares. Habrá tiempo para analizar con perspectiva los aciertos y los errores de estos cuatro años. Lo verdaderamente significativo hoy es otra cuestión: el modo en que ha entendido el servicio público.

Desde el primer momento asumió que la dedicación debía ser absoluta. Esa convicción explica buena parte de las transformaciones impulsadas en la Estación Linares-Baeza, pero también ayuda a comprender el anuncio que ahora ha realizado. La entrega total tiene un precio. Y ese precio, cuando se prolonga durante demasiado tiempo, acaba pasándole factura incluso a quienes viven la política desde la vocación.

No es una realidad exclusiva de Villalba. Muchos alcaldes jóvenes de pequeños municipios han tenido que renunciar a buena parte de su vida personal para responder a las exigencias de un cargo que rara vez entiende de horarios. Mientras sus amigos construían carreras profesionales o formaban una familia, ellos aprendían a convivir con expedientes, reuniones, presupuestos y problemas vecinales que nunca esperan al lunes siguiente. La diferencia es que pocos lo reconocen públicamente.

Su decisión introduce un debate que la política española lleva demasiado tiempo aplazando. Se habla con frecuencia de la salud mental de sanitarios, docentes, policías o periodistas. Mucho menos de quienes ocupan responsabilidades públicas, quizá porque todavía persiste la falsa idea de que quien decide dedicarse a la política debe soportarlo todo sin mostrar señales de desgaste.

Sin embargo, detrás de un cargo también hay una persona. Villalba ha preferido contarlo antes de convertir el agotamiento en una carga irreversible. Lo hace cuando todavía podría intentar un segundo mandato y cuando, previsiblemente, seguiría contando con respaldo suficiente para aspirar a él. Precisamente por eso su decisión adquiere un significado distinto. Renuncia cuando aún podía continuar.

Durante estos años ha intentado construir una forma de hacer política alejada del ruido permanente. Independiente de las grandes estructuras partidistas, apostó por un proyecto local que situó el interés de la Estación Linares-Baeza por encima de las dinámicas habituales de confrontación. Esa independencia le ha permitido mantener un estilo propio, basado en el diálogo con los vecinos, el respeto institucional y una comunicación directa que pocas veces ha buscado el enfrentamiento como herramienta política.

Entre sus referencias figura Juan Franco, alcalde de La Línea de la Concepción, otro ejemplo de municipalismo independiente que ha demostrado que la política local puede desarrollar un camino propio cuando el conocimiento del territorio pesa más que las siglas. No es casualidad que ambos compartan una idea similar del servicio público: primero el municipio, después todo lo demás.

Durante demasiado tiempo hemos asumido que el éxito político consiste en permanecer. Que cada elección ganada es un mérito en sí mismo y que abandonar un cargo antes de que lo hagan las urnas equivale, de algún modo, a una derrota. La decisión de Melchor Villalba invita a revisar esa lógica. Tal vez la verdadera ejemplaridad no resida solo en llegar, sino también en saber marcharse antes de que el cargo acabe definiendo a quien lo ocupa. Porque la política debería ser un tiempo de servicio, no una forma de vida.

Quizá esa sea una de las principales enseñanzas que deja esta etapa. La política municipal no necesita grandes discursos para transformar una realidad. Necesita escuchar, conocer cada calle y comprender que detrás de cada decisión administrativa hay personas concretas.

Ese fue también el sentido de muchas de las actuaciones desarrolladas durante este mandato. La mejora de espacios públicos, la recuperación de la autoestima colectiva y la reivindicación permanente de una identidad ligada al ferrocarril respondían a una misma idea: hacer de la Estación Linares-Baeza un lugar más habitable y más orgulloso de sí mismo.

Nada de eso elimina las dificultades. Gobernar una entidad local de poco más de 1.300 habitantes significa convivir con recursos limitados y depender, en demasiadas ocasiones, de decisiones tomadas lejos del municipio. Es, en cierto modo, una lucha desigual. La conocida metáfora de David contra Goliat sigue teniendo sentido cuando un pequeño pueblo intenta hacerse oír entre administraciones mucho más poderosas.

Por eso la renuncia de Villalba no debería interpretarse únicamente como el final de una etapa política. También es el recordatorio de que las instituciones necesitan dirigentes capaces de reconocer sus propios límites. Durante demasiado tiempo hemos asociado la fortaleza con resistir indefinidamente. Tal vez la verdadera fortaleza consista, precisamente, en saber cuándo ha llegado el momento de parar.

Hasta mayo de 2027 seguirá siendo alcalde. Quedan meses suficientes para culminar proyectos, cerrar una legislatura intensa y preparar el relevo. Después llegará el tiempo de los balances serenos. Será entonces cuando pueda juzgarse con mayor perspectiva qué transformaciones perduran, cuáles fueron sus errores y qué legado deja al frente de la Estación Linares-Baeza.

Hoy, sin embargo, el debate va más allá de un nombre propio. Habla de la política que queremos. De si entendemos el servicio público como una carrera sin final o como un compromiso que también exige cuidar a la persona que hay detrás del cargo. Porque, al fin y al cabo, nadie debería verse obligado a elegir entre servir a su pueblo y conservar su propia salud. Y quizá ese sea el mensaje más valioso que deja una decisión tan poco habitual como necesaria.

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