Eugenio Rodríguez

El simulacro

En 1929, el belga René Magritte creó una obra icónica del surrealismo conocida como «La trahison des images» [La traición de las imágenes]. En ella se muestra la imagen de una pipa de fumar acompañada de un enigmático texto que, con la eficacia de un eslogan, afirma que «Ceci n’est pas une pipe [Esto no es una pipa]». Con una aparente contrariedad, Magritte bloquea el automatismo por el que se tiende a identificar la imagen del objeto con la realidad.

Esta distinción previene al pensamiento frente a las manipulaciones de la realidad que surgen cuando las verdades a las que se pretende acceder resultan ideales inalcanzables o cuando hay en ellas cuestiones ajenas, indescifrables o inconvenientes que conviene disimular, por las razones que sean.

No es poca cosa, hay quien ya no descubre mediterráneos ni teniéndolos delante. Funciona como un dispositivo de alerta temprana frente al tipo de realidades a las que conduce, por ejemplo, el socialismo, que es una ideología en permanente conflicto con la verdad. Y, porque hay conflicto, dedica el socialismo un gran esfuerzo a transformar la realidad hasta que no queda una sola verdad en pie y reconocible.

Mientras surte efecto el cambio, la realidad resulta inconveniente, por lo que, para encubrirla y bajo capa de bien, se crean imágenes asumibles por la opinión pública. Luego se censuran los mensajes que intentan despertar del simulacro a una mayoría social suficiente antes de que sea tarde, mensajes que son inmediatamente sustituidos por otros que refuerzan el trampantojo.

En verdad, septiembre es un mes difícil para encajar las piezas de un rompecabezas criminal. Pero de lo sucedido en Ceuta llevamos ya unas cuantas imágenes con mensajes de sustitución incluidos: una, los primeros días; otra, mientras Sánchez descansaba el mes de agosto en La Mareta; y otra más, con los balones fuera que hemos visto en el Congreso.

Ha esperado el presidente a su intervención en la ONU para deslizar un cambio de discurso respecto del papel de Marruecos en este asunto, untar aún más al invasor de mermelada y apelar a una respuesta humanitaria y justa que no se tiene con los ceutíes, que son en realidad aquí las víctimas. Pero la imagen se le ha desdibujado un poco cuando se ha visto que hablaba a las paredes y cómo fue emboscado el día anterior por Delcy Rodríguez, que no da puntada sin hilo, para ver qué hay de lo suyo.

Después de la invasión, no queda en Ceuta ya refugio frente a una realidad inconveniente para Sánchez que está siendo brutal para los ceutíes y que desprende un olor insoportable a caos organizado que se le ha ido de las manos, como se le ha ido también a Juan Jesús Vivas.

Ceuta sufre, pero el presidente no está menos incómodo. No ha sabido o no ha querido responder a la invasión ni gestionar sus efectos, la adulteración tramposa del censo se le ha complicado y ahora se le viene encima el juicio oral y con jurado de Begoña Gómez. Hace ya tiempo que Sánchez va a remolque de su propio destino y él lo sabe.

A estas alturas, a nadie se le escapa ya tampoco que, alóctona o autóctona, una turba es una turba y una tropa es una tropa. La turba es una muchedumbre que se desempeña en y desde el caos sin un fin determinado, aunque, si se dan las condiciones necesarias, pueda ser instrumental, como tantas veces hemos visto ya. Es decir, puede ser espoleada desde fuera y liderada desde dentro para que los efectos que provoca se alineen con los intereses de un tercero que se cree a salvo en su atalaya.

En cambio, una tropa es un grupo igualmente numeroso, pero algo más ordenado, de personas que ya cuentan con instrucciones y objetivos concretos y que sirven a un fin último cuya consecución da razón y sentido a su existencia. El despliegue de una turba exige un tipo de respuesta y el de una tropa exige otro más contundente o le podemos ir diciendo adiós a España.

La realidad actual es la que es y no puede ser de otra manera, pues no podemos cambiar la retahíla de vergüenzas y sinvergüenzas que nos ha conducido hasta aquí.

Cualquier experto en escurrir el bulto de los que tenemos a espuertas en las instituciones diría que el drama que tenemos por castigo obedece a la contribución de todos y de ninguno, sin atreverse tampoco a señalar en qué momento ni de qué manera se torció la democracia.

Pero resulta evidente para muchos que todo se ha precipitado gracias a la depravada cadena de traiciones que ha perpetrado el socialismo, desde el observador de nubes hasta el autócrata.

Unos y otros han convertido España en una nación tan fértil para el hampa como para el ilusionismo, donde Ceuta sigue invadida dos meses después y donde se perpetra la alteración del censo a la vista de todos, mientras se inunda a los españoles de imágenes y relatos para no dejarnos despertar del simulacro.