José Chamorro dibuja en ‘El viejo artesano’ un recorrido por las estaciones de la vida

El autor linarense presenta en su ciudad natal su primera novela, que reivindica la calma, el diálogo y la introspección frente al ruido y las prisas

Por:Javier Esturillo
Presentación de ‘El viejo artesano’ en la Librería Entre Libros. Foto: Ayuntamiento de Linares

En la trastienda silenciosa de una librería, entre estanterías que acumulan vidas ajenas y preguntas sin resolver, un libro se abre paso con vocación de pausa. ‘El viejo artesano’ (Editorial San Pablo España), la primera incursión en la narrativa del escritor linarense José Chamorro, no llega para ocupar un lugar más en el escaparate de novedades, sino para invitar a un alto en el camino. Su presentación en la Entre Libros, arropada por lectores y por la concejal de Cultura, Susana Ferrer, tuvo algo de ceremonia íntima, como si el propio espíritu del libro —ese elogio de la lentitud y la escucha— hubiera impregnado el ambiente.

Chamorro, conocido hasta ahora por su trayectoria en el ensayo espiritual, la filosofía práctica y la poesía, da un paso hacia la ficción sin abandonar el territorio que ha cultivado durante años. Lo hace con una historia que se despliega como una conversación sostenida en el tiempo: la de un anciano artesano y un joven aprendiz que, más que personajes, parecen encarnar dos momentos de una misma conciencia. Entre ambos discurre un diálogo que atraviesa las estaciones del año y, con ellas, las edades de la vida.

No es una novela al uso. O, al menos, no responde a las urgencias del argumento ni a la tensión del conflicto. Aquí el hilo narrativo se pliega a una intención más honda: la de acompañar al lector en un proceso de indagación interior. Cada escena, cada intercambio, funciona como una pequeña pieza de orfebrería donde lo cotidiano se abre a lo esencial. El taller del artesano, más que un espacio físico, se convierte en metáfora de ese lugar donde el tiempo se trabaja con las manos y con la conciencia, donde cada gesto tiene peso y cada silencio, sentido.

En ese diálogo intergeneracional se cuelan las preguntas que atraviesan cualquier biografía: el sentido de la vida, la insatisfacción persistente, la búsqueda de algo que nunca parece alcanzarse del todo. La obra sugiere que, en demasiadas ocasiones, esa búsqueda se orienta hacia fuera, hacia escenarios que prometen saciar una sed que, sin embargo, permanece intacta. Frente a ello, ‘El viejo artesano’ propone un desplazamiento: volver la mirada hacia dentro, detener el paso, habitar el silencio.

La estructura fragmentaria del libro, con textos breves que combinan relato y reflexión, parece dialogar también con una realidad contemporánea en la que la atención se dispersa con facilidad. Chamorro opta por la concisión sin renunciar a la profundidad, construyendo una lectura accesible que no exige largos recorridos, pero sí una cierta disposición a dejarse interpelar. No hay aquí grandes artificios narrativos, sino una escritura clara, directa, que confía en la potencia de las ideas cuando se expresan sin ruido.

El viejo y el joven no son solo figuras literarias; funcionan como espejos en los que el lector puede reconocerse. En uno, la sedimentación de la experiencia; en el otro, la inquietud de quien aún busca su lugar. Ambos dialogan, se cuestionan, se acompañan. Y en ese intercambio se dibuja una pedagogía de la vida que rehúye las certezas cerradas para abrir espacios de reflexión.

Hay, además, una reivindicación constante de la lentitud. En un tiempo marcado por la aceleración, el libro plantea la necesidad —casi la urgencia— de recuperar ritmos más humanos. No como una consigna abstracta, sino como una práctica cotidiana que permita reconectar con lo esencial. El silencio, lejos de ser ausencia, aparece como condición de posibilidad para esa escucha interior que tantas veces queda sepultada bajo el ruido.

Quizá ahí resida uno de los mayores aciertos de la obra, en su capacidad para plantear preguntas sin imponer respuestas. El viejo artesano no dicta un camino, pero sí sugiere la conveniencia de emprenderlo. Y lo hace desde una narrativa amable, luminosa, que no renuncia a cierta vocación pedagógica, pero evita el tono aleccionador.

En su paso a la novela, José Chamorro no abandona su voz, sino que la ensancha. Encuentra en la ficción un cauce para seguir explorando las mismas inquietudes que han marcado su trayectoria, pero con una herramienta distinta: la del relato como espacio compartido. El resultado es un libro que se lee con calma, que invita a detenerse y que, como el trabajo paciente de un artesano, parece construido para perdurar más allá de la prisa.

Fotos: Ayuntamiento de Linares

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